El vórtice del plástico

Eran muy pocos los que podían permitirse volar entre Argentina y Suecia a mediados de los años 60. Pero más barato era tomar un barco, enormes barcos de pasajeros que traficaban entre Buenos Aires y Génova o Buenos Aires y Barcelona. Y después había que seguir en tren.

Por eso mi madre podía cautivarme con sus relatos de esos largos viajes en barco. Y entre todo lo que me contó y me acuerdo, está esto: que en la mitad del Atlántico, allí donde no había ni la ilusión de tierra firme, ella podía ver una que otra islita de basura, unos pocos restos de madera o de plástico que las corrientes marinas habían juntado y que se mecían al ritmo de las olas.

Cuarenta años más tarde no es mi mamá sino una oceanógrafa que me cuenta de un largo viaje en barco. Pero su relato preocupa más que fascina: la isla de basura de la que me habla es casi del tamaño de Colombia. Y no hay casi madera, sino pequeños trozos de plástico que amenazan uno de los ecosistemas más antiguos del planeta –el mar– allí donde una vez se inicio la vida.

Voy a enviarle estas líneas a mi mamá y no me va a gustar lo que probablemente me diga: ”¿Ves? Antes estábamos mejor”.

►Un mundo a la medida del hombre

¿O un hombre a la medida del mundo?

Hay quienes todavía afirman que las mandarinas son un ejemplo supremo de la forma en que dios creó el mundo a la medida del hombre: tan fáciles de pelar, tan fáciles de comer, tan coloridas cuando maduras y tan dulces …

Es esa misma percepción del mundo, aunque menos religiosa y más inocente, la que llevó a mi hijo a preguntarme –fastidiado por las picaduras– para qué existían los mosquitos. Cómo si los mosquitos –o las mandarinas– tuvieran que ser útiles al hombre para justificar su existencia.

La misma inclinación adivino en los ingenieros británicos que publican sus ideas para evitar el cambio climático, ideas que van desde nublar a gran parte del planeta hasta poblarlo de árboles artificiales.

Si el mundo no está hecho a la medida del hombre deberíamos aceptarlo. Y en lugar de cambiarlo, accidentalmente o a propósito, deberíamos cambiar nosotros.
Tal vez –a su manera– mandarinas y mosquitos ya se estén preguntando para qué sirve el hombre.

Haz lo que yo digo pero no…

Los jugos “Del Valle”, una popular marca mexicana propiedad de Coca-Cola, se iban a empezar a vender en Estados Unidos, al numeroso público latino. Pero la declaración de su contenido no resultó apropiada. Una explicación puede ser la falta de costumbre, ya que en México los legisladores entendieron que jugos y néctares podían exceptuarse de la norma de declarar porcentajes.

Las autoridades estadounidenses detectaron que el néctar de fresa no tenía un 40% de frutilla, como se declaraba, sino sólo un 14 por ciento. Y descubrieron que el néctar de mango no era la sobredosis de vitamina-C que se aseguraba: equivalía sólo al 19 por ciento del requerimiento diario y no al 146%.

La solución fue reetiquetar los envases ya listos para el mercado norteamericano.  En México, como dicho, no se hizo nada porque no hace falta declarar nada.

El poder del consumidor, una ONG que toma partido por los clientes en un mercado muchas veces poco transparente, se cansó de alertar acerca de la falta de control sobre jugos y néctares. Pero en este caso, el fabricante optó por el silencio y no hubo explicaciones ni pedidos de disculpas.

¿No es un problema que el mismo grupo empresario, por medio de su fundación FEMSA,  financie el nuevo Centro del Agua de América Latina y el Caribe? Entre sus objetivos figura, justamente, analizar la calidad del agua ya no  sólo en México sino en toda Latinoamérica.

Tienen socios serios, es cierto, ¿pero tienen credibilidad?

Erico Oller Westerberg
Periodista